Tres siglos después de la muerte del fundador del cristianismo, religión que sobrevivió y además salió reforzada tras varias y terribles persecuciones, ésta acabó no sólo siendo tolerada, sino que se convirtió en la fuerza unificadora que permitiría a Bizancio (el Imperio Romano de Oriente) sobrevivir durante más de un milenio, y cuando se produjo su inelectable caída, ésta fue mucho más gallarda que la del Imperio Romano de Occidente...
Diversas fueron las causas que contribuyeron a la grandeza y elevación del Imperio de Oriente (o Bizantino) , y que se pueden resumir brevemente: el carácter absolutista de la monarquía, que divinizaba la figura del emperador, y por supuesto, lo méritos individuales de muchos de los personajes que se sentaron en el trono, su casi perfecta organización militar en las primeras épocas, su maravillosa administración, y una habilísima y sutil diplomacia, muy difícil de superar.
Ante la pregunta de si existió una civilización bizantina propiamente dicha, se puede contestar afirmativamente. No faltan sin embargo, quienes la han analizado en función de una pretendida falta de originalidad, si bien se ha de afirmar ciertamente que su máxima originalidad residía precisamente en la aparente carencia de esta cualidad. Solamente una mayor profundización en las manifestaciones artísticas o literarias ha permitido registrar los elementos diferenciadores e innovadores que se ocultaban tras esta supuesta falta de originalidad.
Curiosamente, el término “bizantino” jamás fue empleado en el Medievo, tanto en cuanto los bizantinos se denominaban a sí mismos “romaioi”, tal como figuraba en los documentos oficiales. Excepcionalmente, a partir de la segunda mitad del siglo XIII, algunos intelectuales bizantinos usaron la palabra “héllenes”, pero esto era más bien una forma retórica.
Error muy frecuente ha sido el considerar la historia de Bizancio como mera continuación del Bajo Imperio Romano (o Antigüedad Tardía). No deja de ser cierto, muy cierto que heredó la tradición romana con su caudal inmenso de leyes, administración y cultura, y hasta de elemento humano, desde que aquél cayó en poder de los germanos (o bárbaros según se mire).
No obstante Bizancio poseyó desde el principio su sello característico. Hasta entonces sofocado por Roma, el elemento helénico renació. Por tal motivo, el Imperio de Oriente fue considerado esencialmente un Imperio Griego, ya que toda la antigua población helena se sintió soliradizada con aquella organización política que encarnaba su civilización y carácter (de hecho, cuando a la muerte del emperador Teodosio se procede a la división del imperio, la “pars orientis” vino a coincidir con las zonas en las que, salvo escasas excepciones, predominaba el uso de la lengua griega). Otro tanto puede decirse, con alguna reserva, de las grandes ciudades de Asia y África, como Antioquía y Alejandría, que habían llegado a constituir los más brillantes focos del Helenismo, fenómeno que fue lo bastante amplio como para asimilar toda la cultura de los pueblos con los que estuvo en contacto largo tiempo, a los que dio y de los que recibió a partes iguales, por lo que el elemento oriental llegó a ser importantísimo, extremo discutido por algunos historiadores ingleses, que como lo consideraron tan ambiguo también lo concibieron como escasamente definido.
En cualquier caso, Bizancio, como heredero de Roma, mostró desde sus inicios marcada capacidad de incorporación de publos de diversos orígenes (eslavos y armenios despuntaban sobre el resto), en su mayor parte, más o menos bajo el influjo del helenismo, pasaban a desempeñar un papel activo en la “oikoumenê” (o “mancomunidad”) bizantina.
Bizancio mantuvo vivos el cristianismo y la civilización durante los largos siglos de oscuridad que siguieron en la Europa Occidental tras la caída del Imperio Occidente. La cristiandad occidental contrajo de este modo una deuda a largo plazo con Bizancio por no haber dejado morir la literatura y el arte clásicos de la antigüedad, la importancia decisiva es que permitió el florecimiento del Renacimiento.
La civilización bizantina, basada tanto en la fuerza atractiva de su religión, como su inmenso pedigrí político y económico, desbordó las fronteras imperiales. La península itálica, donde la tradición clásica jamás se desvaneció, experimentó su influencia en profundidad. Basta evocar en la mente la basílica y por tanto mosaicos de San Marcos (Venecia) o los de la catedral de Monreale (la cual se halla en Sicilia, en la ciudad de Palermo).
Los reinos de la Europa Oriental, Bulgaria, Serbia, Armenia y sobre todo Rusia contrajeron asimismo deudas enraizadas con Bizancio. Los búlgaros por ejemplo (que fueron en su día evangelizados por Cirilio y Metodio, dos monjes oriundos de Bizancio) comenzaron a convertirse masivamente al cristianismo, tras recibir el bautismo el príncipe Boris de dicha nación auspiciado y apadrinado por el emperador Miguel III. Es entonces cuando, la aristocracia búlgara comenzó a encargar a arquitectos bizantinos iglesias y palacios. Por su parte los serbios (evangelizados por las mismas fechas y fundando una nación en el siglo XII) estrecharon lazos al casarse princesas bizantinas con nobleza serbia.
Los cristianos que se hallaban bajo el yugo musulmán tuvieron, con frecuencia, difíciles relaciones con el Imperio, tal como aconteció con coptos y con armenios, que anatemizaban algunos de sus dogmas. Pese a estas divergencias, no lograron interrumpirse las influencias artísticas, sobre todo en la adyacente Armenia, que parcialmente liberada bajo la dinastía de los Bragátidas (siglo IX) se integró discontinuamente en el seno del Imperio.
Comenzó la civilización bizantina a extender su órbita de influencias con la recién creada Rusia, cuando en el 860, comerciantes de esta nacionalidad comenzaron a acudir a Constantinopla, En el año 988 el Gran Príncipe de Kiev, Vladimiro, se convirtió al cristianismo y contrajo nupcias con Ana, hermana del emperador Basilio II, quedando establecida una Iglesia rusa, cuyo alto clero fue griego, en los primeros tiempos tras la fundación. A modo de epílogo cabe citar que en el año 1472 Iván III, el reunificador del país y primer gobernante soberano que adoptó el título de “Zar” (o “César”), contrajo matrimonio con la sobrina de Constantino XI, último emperador. Se llamaba Sofía, en honor a la Gran Basílica de la capital bizantina. Añadió a sus emblemas como símbolo de continuismo el águila bicéfala bizantina, tras proclamar a Rusia adalid de la Iglesia ortodoxa. Finalmente, estableció la capital en Moscú, que fue proclamada de un modo simbólico, la “Tercera Roma”, título que le había sido legado de una manera justa por el antiguo Imperio.