El fracaso de la monarquía de Amadeo I, quien renunció de forma irrevocable al trono el 11 de febrero de 1873, abrió el camino a un régimen republicano que habría de durar un año escaso (11 meses), hasta el 3 de enero de 1874. El régimen republicano supuso que todos los representantes del pueblo fueran elegidos de forma más democrática (sufragio universal masculino), en tanto que el presidente lo era por el Parlamento. La inestabilidad gubernamental fue su principal característica, puesto que en tan corto periodo de tiempo se sucedieron cuatro presidentes con seis gobiernos.![]()
Estanislao Figueras, abogado catalán y parlamentario republicano, formó el primer gobierno, en parte con ministros de la anterior etapa monárquica, pero también incorporando reputados republicanos. Después de haber superado una crisis ministerial, Figueras estuvo al frente del ejecutivo durante cuatro meses (desde el 11 de febrero hasta el 11 de junio). Fue una etapa de consenso entre las distintas familias republicanas.
Tras el abandono del anterior, se le encargó formar gobierno a Francisco Pi i Margall, convencido federalista catalán. El cantonalismo le desbordó ampliamente, incluso antes de que se pudiera promulgar la correspondiente Constitución (que no pasó de proyecto constitucional, al no tener tiempo de alcanzar la aprobación parlamentaria). Tuvo que abandonar el poder, después de afrontar incluso una reorganización ministerial, con sólo poco más de un mes al frente del ejecutivo (desde el 11 de junio hasta el 18 de julio).
El tercer presidente, Nicolás Salmerón, filósofo krausista y humanista de firmes convicciones, abandonó la presidencia de la República, antes que dar el visto bueno a una pena de muerte, cuando llevaba sólo mes y medio al frente del gobierno (del 18 de julio al 7 de septiembre).
Emilio Castelar, polémico periodista y brillante orador, formó un gobierno centralista y con más autoridad para poder hacer frente a la situación, especialmente a los tres “cánceres” del régimen: la guerra de Cuba, el carlismo y el cantonalismo. Gobernó durante cuatro meses (desde el 7 de septiembre hasta el 3 de enero de 1874), que finalizaron abruptamente con el pronunciamiento del capitán general de Madrid, Manuel Pavía.
Los principales obstáculos de la I República fueron la falta de una sólida base republicana, que fue síntoma de una determinada estructura social, a la vez que un problema de cara a la consolidación del nuevo régimen. La sociedad española estaba compuesta mayoritariamente por población campesina con un elevado índice de analfabetismo y desmovilización política. Por el contrario, una minoría oligárquica (nobleza y alta burguesía) tendía hacia un régimen monárquico piramidal, del cual se beneficiaba, y en el que el caciquismo era su instrumento preferido. Las capas medio-burguesas, donde tenía su clientela el republicanismo, eran escasas y estaban dispersas, salvo en ciudades de cierta entidad, con la agravante de que en esos mismos núcleos el obrerismo también reclutaba a sus principales seguidores.
Si en la revolución de 1868 había desempeñado ya un papel de cierta importancia la crisis económica, ahora se agravaba con las repercusiones de la primera gran crisis internacional del capitalismo. El trasfondo económico de la I República era, por tanto, muy negativo. Las protestas sociales aumentaron considerablemente.
Pero los grandes problemas de la República fueron las dos guerras heredadas del periodo inmediatamente anterior: la de Cuba y la tercera Carlista, que lejos de aliviar la situación hacendística impidieron además cumplir algunas promesas muy “republicanas”, como la abolición de quintas y consumos (derechos de puertas). Hubo otro problema social, el bandolerismo, que en algunos casos se mezclaba con el cantonalismo federalista. Todo esto frustraba las bases sociales republicanas.
La fórmula de compromiso que intentó llevar a la práctica Figueras fracasó a los pocos meses. El ala radical, “los auténticos republicanos”, o sea, los federalistas, intentaron plasmar su concepción política y social. No consiguieron hacer aprobar la nueva Constitución federal, al tiempo que el cantonalismo les desbordaba. Éste se extendió de forma incontrolada por toda España, y, de forma más señalada, en Cartagena (Murcia), ciudad que se mostró como la más persistente, hasta el punto de declarar la guerra al Estado español. La revolución cantonal es un nuevo factor de la revolución liberal (1868-1874). Desde Madrid se intenta dirigir el movimiento pero se fracasa estrepitosamente; en cambio si hubo iniciativas locales que se pusieron al frente de la insurrección, formando juntas revolucionarias por toda Andalucía y Valencia, aunque la más importante fue la de Cartagena.
A esta dinámica se superpuso, en algunos casos, el factor social. El internacionalismo obrero, en su versión anarquista, comenzó con gran fuerza a extenderse por toda la geografía española, de forma particular en el campo andaluz y la costa levantina hasta el epicentro de Barcelona. En Alcoy (Alicante), por ejemplo, los obreros, dueños de la villa, asesinaron al alcalde e incendiaron varias fábricas. El carlismo siguió sembrando de guerra y perturbación buena parte del norte de España. La lucha contra los independentistas en Cuba reclamó cada vez más soldados y medios materiales.
El cambio de Castelar hacia el centralismo, reforzando todos los instrumentos del Estado, no tuvo tiempo para encauzar la situación. El golpe militar de Pavía, realizado para reforzar la autoridad de Castelar, aunque sin su consentimiento, puso de manifiesto la endeblez del poder civil ante el gran reto transformador que suponía la propuesta republicana. A la I República española le siguió la que dio en llamarse “fase pretoriana republicana”, con el gobierno de Francisco Serrano, duque de la Torre, el cual duró hasta que, en diciembre de 1874, dio comienzo el periodo denominado Restauración.